Carta abierta al General de Ejército Raúl Castro Ruz,
Presidente de la República de Cuba.
Estimado Señor Presidente:
Hace quince años me atreví a escribirle al entonces jefe del Estado cubano,
Doctor Fidel Castro Ruz, por aquel entonces Presidente de nuestro país. La
gravedad de aquella hora me lo impuso como un deber para el bien de la Patria.
La gravedad de esta hora me impone escribirle a Ud. para hacerle partícipe de
mis preocupaciones actuales. ¿Debo acaso describirle la situación de nuestro
país? La crisis económica afecta a todos los hogares y hace que las personas
vivan angustiosamente preguntándose: ¿qué voy a comer o con qué me voy a
vestir? ¿Cómo conseguiré lo más elemental para los míos? Las dificultades de
cada día se tornan tan aplastantes que nos mantienen sumidos en la tristeza y
la desesperanza. La inseguridad y el sentimiento generalizado de indefensión
provocan la amoralidad, la hipocresía y la doble cara. Vale todo porque nada
vale, más que la sobrevivencia a todo precio, que luego descubrimos que es "a
cualquier precio". De ahí que el sueño de los cubanos, en especial de los más
jóvenes, sea abandonar el país.
Parecería que nuestra patria está ante un callejón sin salida. Como hombre de
fe, sin embargo, yo creo que Dios jamás nos pone ante situaciones
absolutamente desesperadas. Creo firmemente que nuestro camino como nación y
como pueblo, no acaba en un precipicio ineluctable, en una realidad de
desgracia irreversible. Siempre hay una solución, pero se necesita audacia
para buscarla y encontrarla. En sus recientes y urgidos llamamientos a
trabajar con tesón incansable creo reconocer una peculiar y certera percepción
de la gravedad del momento, pero también, que Ud. considera que la solución
depende de nosotros. Pero como decía aquel slogan convertido en chiste... "No
basta decir pa'lante, hay que saber pa' dónde".
Hemos vivido culpando de nuestra realidad al enemigo, o incluso a los amigos:
la caída del bloque de países comunistas en Europa del Este, junto con el
embargo comercial de los Estados Unidos se han convertido en el totí que carga
con todas nuestras culpas. Y esa es una cómoda pero engañosa salida ante el
problema. Como decía Miguel de Unamuno, "solemos entretenernos en contarle los
pelos que la esfinge tiene en su cola, porque nos da miedo mirarla a los ojos".
No basta, General, con resolver los problemas, ciertamente graves y urgentes,
de la comida, o del techo, que en los recientes huracanes, tantos compatriotas
acaban de perder "con sus pobres enseres: miedos, penas". Estamos en un
momento tan crítico que debemos plantearnos una profunda revisión de nuestros
criterios y de nuestras prácticas, de nuestras aspiraciones y de nuestros
objetivos. Y aquí cabría, con todo respeto, recordar aquellas palabras que
nuestro Apóstol nacional José Martí le escribió al Generalísimo Gómez en una
situación en cierto modo semejante: "No se funda un pueblo, general, como se
manda un campamento".
El mundo está cambiando. La reciente elección de un ciudadano negro para
ocupar la primera magistratura de un país antiguamente reconocido como racista
y violador de los derechos civiles de los negros, nos dice que algo está
cambiando en este mundo. La encomiable y fraternal preocupación de nuestros
hermanos del exilio ante los fenómenos meteorológicos que recientemente han
golpeado a nuestro pueblo, y su ayuda generosa, desinteresada e inmediata, son
el signo de que algo está cambiando entre nosotros. El gobierno cubano que Ud.
hoy encabeza, debe tener la audacia de encarar esos cambios con nuevos
criterios y nuevas actitudes.
Nuestro país ha reaccionado con valor cuando un gobierno foráneo ha querido
inmiscuirse en nuestros problemas nacionales. Sin embargo, cuando se trata de
la violación de los Derechos Humanos, no solo los gobiernos, sino hasta las
personas individuales, los simples ciudadanos, de dentro o fuera del país,
tienen algo que decir. En su Carta desde la Cárcel de Birminghan, Martin
Luther King dijo: "La injusticia particular es una amenaza a la justicia
universal. Estamos atrapados en una red ineludible de reciprocidad, unidos en
un único tejido del destino. Lo que afecta a uno directamente, afecta a todos
indirectamente". Tenemos que tener la enorme valentía de reconocer que en
nuestra patria hay una violación constante y no justificable de los Derechos
Humanos, que se expresa en la existencia de decenas de presos de conciencia y
en el maltrecho ejercicio de las más elementales libertades: de expresión,
información, prensa y opinión, y serias limitaciones a la libertad religiosa y
política. El no reconocer estas realidades, para nada favorece nuestra vida
nacional, y nos hace perder el respeto por nosotros mismos, a nuestros ojos y
a los ojos de los demás, amigos o enemigos.
La causa de la paz, interna y externa, y la prosperidad misma de la nación, se
enraízan en el respeto incondicional a esos derechos que expresan la suprema
dignidad del ser humano como hijo de Dios. Y guardar silencio sobre esta
realidad, pone sobre mi conciencia un peso tal, que no me siento capaz de
soportar. Y ésta es para mí, mi manera de servir a la verdad y de ser
consecuente con el amor que siento por mi pueblo.
Le confieso, general, el disgusto y la tristeza que me ha causado saber que
nuestro gobierno ha rechazado, al parecer por razones ideológicas o de
diferencias políticas, la ayuda que querían enviar EEUU y varias naciones
europeas, para los damnificados por los ciclones que azotaron nuestra tierra.
Cuando uno cae en desgracia, (y eso le puede suceder a cualquiera, también a
los poderosos), es la hora de aceptar la ayuda que se brinda, porque esa ayuda
revela un fondo de buena voluntad ante el dolor, de solidaridad humana,
incluso en aquellos que considerábamos nuestros enemigos. Darle la oportunidad
al oponente de ser bueno y de hacer lo justo, puede sacar a flote lo mejor de
nosotros mismos, y del otro, haciéndonos cambiar viejas actitudes y curar
resentimientos dañinos. Nada contribuye más a la paz y la reconciliación entre
los pueblos que este saber dar y recibir. La frase de San Francisco de Sales,
válida en las relaciones interpersonales, también lo es entre países: "más
moscas se cazan con una gota de miel, que con un barril de vinagre". Como dijo
su Santidad Juan Pablo II en su visita a nuestro país: "que Cuba se abra al
mundo y que el mundo se abra a Cuba". Pero si seguimos con las puertas
cerradas nadie podrá entrar, por más que lo desee. Un signo de esperanza para
mí es la participación y mayor espacio que se le ha dado a CARITAS para ayudar
a nuestro pueblo. Eso merece un especial reconocimiento y es un cambio
positivo y esperanzador.
Créame, Señor Presidente, no le escribo para presentarle una lista de quejas y
agravios sobre nuestra realidad nacional, aunque si así lo hiciera esa lista
podría ser muy, muy larga. La verdad, he querido hablarle de cubano a cubano,
de corazón a corazón. Un gran amigo mío sacerdote, ya fallecido, solía decirme:
"un hombre vale lo que vale su corazón". En el entierro de su esposa, al verlo
a Ud. rodeado de sus hijos y nietos, conmovido hasta las lágrimas, yo percibí
que es Ud., un hombre sensible. Y yo pienso que mayor sabiduría hay en el
corazón de un hombre bueno que en todos los libros y bibliotecas de este mundo,
pues como dice la canción: "lo que puede el sentimiento no lo ha podido el
saber, ni el más alto proceder, ni el más ancho pensamiento...". Por eso apelo
a su sentido de responsabilidad, a su bondad, para decirle que no tenga miedo,
que sea audaz en emprender un nuevo camino diferente en un mundo que está
dando tantas señales de cambiar a mejor. Como le dije a su hermano hace 15
años, todos los cubanos somos responsables del futuro de la patria, pero por
el cargo que Ud. ocupa, por el poder que ahora tiene, esa responsabilidad
recae de manera especial en Ud.
Si Ud. decide emprender ese camino de esperanza, cuente conmigo, general. Me
tendrá en primera fila, para ofrecerle a Cuba, una vez más, lo único que tengo:
mi corazón; y a Ud. mi mano franca y mi colaboración desinteresada. Así
haremos realidad el sueño martiano de hacer una patria "con todos y para el
bien de todos".
Quiero terminar con unas palabras que dijo nuestro actual Papa, Benedicto XVI
en 1968: "Aún por encima del Papa como expresión de lo vinculante de la
autoridad eclesiástica, se haya la propia conciencia, a la que hay que
obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la
autoridad eclesiástica". Si eso vale para la autoridad eclesiástica cuyo
origen considero divino, vale para toda otra autoridad humana, por poderosa
que ésta pueda ser. Con mis mejores votos,
José Conrado Rodríguez Alegre, Pbro.
Párroco de Santa Teresita del Niño Jesús.